
Lo tengo claro…
no quiero ni colocarle en la punta de mi lengua
¿Para qué?
Es vano,
la escupiría antes de que se atreviera a entrar.
No amarro cuerdas de zapatos porque iré volando,
no me debo a la certeza viviendo en la boca,
no necesito de ella cuando tengo la libertad de mis silencios,
esos a los que les doy mis buenas noches
y un confort exclusivo con olor a cerezos y flores
clavadas a la tierra de un jardín,
la sutileza de lo inexplicable,
de algo que no quiero ni hurgarme en la carne,
ni en los lunares, ni en mis imaginares,
esos que siempre se adelantan.
Yo no quiero adelantos,
quiero el certero sol de un hoy
que el mañana mata con bolsillos llenos de temerosas manos.
La vida muestra lo que su capricho ansía de mí.
Se levanta la falda cuando gusta,
cuando quiere viento,
cuando desea que su sexo sea descubierto.
Qué dócil libertad la suya.
Ojalá las manos usaran faldas
en lugar de meterse a los bolsillos.
Matar los mañanas con faldas,
faldas que vuelan sobre el pavimento
con preguntas de juguete
que no lastimen como el adelanto
de ensoñar a colores, sintiendo una escala de grises recorrerse el cuerpo.
Manos que vuelan sin pensarlo dos veces.
Que vuelan imaginando diez veces.
¿Certezas para qué?
si son fatales para la piel y malas para el corazón.
¿Pensar para qué?
luego no crecen las alas de los pies.
Arrojo un puño de esos lunares ligeros,
espero la negrura para encender velas
y escribirle una aguerrida carta al recelo,
propongo escribir con las faldas de las manos
y callar palabras con besos envueltos en silencio y desatino,
esos que nos hacen libres,
para volar lejos a la tierra,
donde crecen aquellas flores.
A los cerezos los llevo conmigo.
Marc Chagall y un vuelo "Sobre la ciudad"
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